Con una pulpa de color naranja intenso y un sabor dulce y singular, el mamey es mucho más que una fruta tropical. Originario de las selvas del sur de México, este fruto, conocido también como zapote colorado, ha sido valorado desde la época prehispánica por sus propiedades nutricionales y medicinales. Su cultivo se extiende por 14 estados del país, con Yucatán a la cabeza de la producción, y su demanda cruza fronteras hacia mercados como Estados Unidos, Francia, Alemania y Japón. Más allá de su consumo fresco, su semilla, el pixtle, es un ingrediente clave en la gastronomía y la cosmética tradicional, consolidando al mamey como un verdadero tesoro biocultural.
El mamey, cuyo nombre científico es Pouteria sapota, es un fruto que hunde sus raíces en la historia mesoamericana. En la antigüedad, los pueblos nahuas lo conocían como tezonzápotl, haciendo referencia al color de su cáscara, similar a la piedra volcánica conocida como tezontle. Este árbol, que puede alcanzar alturas de hasta 40 metros, prospera de manera silvestre en las regiones cálidas y húmedas de estados como Veracruz, Tabasco y Chiapas, así como en zonas de Centroamérica. Su madera, resistente y apreciada, complementa el valor de un fruto que era considerado sagrado, asociado a la abundancia y la riqueza natural de la tierra.
La temporada de cosecha del mamey inicia en marzo, marcando el periodo en el que esta fruta llega a su punto óptimo de maduración. Su cultivo se concentra en zonas tropicales, siendo Yucatán el principal productor a nivel nacional. Sin embargo, su presencia agrícola abarca un total de catorce estados mexicanos, lo que refleja su adaptabilidad y la demanda interna. Este "oro rojo" no se queda en México; su sabor exótico y su calidad han abierto mercados internacionales. Países como Estados Unidos, Francia, Alemania, Japón y varias naciones del Medio Oriente importan esta fruta, posicionándola como un embajador gastronómico de la biodiversidad mexicana en el mundo.
Tras su cáscara café y dura, el mamey esconde una pulpa de textura cremosa y un alto valor nutritivo. Es una fuente importante de vitaminas A, B6 y C, además de contener hierro, fósforo y compuestos antioxidantes con propiedades antivirales y antiinflamatorias reconocidas. Su consumo contribuye al fortalecimiento del sistema inmunológico, mejora la digestión y protege la salud cardiovascular. Históricamente, se utilizaba para tratar afecciones de la piel, infecciones oculares y problemas digestivos. Si bien es rico en fibra y de fácil digestión, su contenido calórico y de azúcares es superior al de otras frutas tropicales, por lo que se recomienda un consumo moderado.
La utilidad del mamey trasciende su pulpa. En el centro del fruto se encuentra una gran semilla negra y brillante, el pixtle, que posee un aroma y sabor reminiscente de la almendra. Este elemento es fundamental en la cocina tradicional, donde se emplea para endulzar y aromatizar bebidas como el tejate, el chocolate y el atole, así como en la elaboración de moles y helados. Más allá de lo gastronómico, el aceite extraído del pixtle se utiliza en la cosmética para estimular el crecimiento del cabello y dar volumen a las pestañas, mientras que la cáscara del fruto sirve como base para insecticidas y fertilizantes naturales, demostrando un aprovechamiento integral y sostenible.
El sabor único del mamey lo ha consolidado como un ingrediente estrella en la repostería y la coctelería mexicana. Su presencia es habitual en helados, licuados, flanes, pasteles y gelatinas, aportando su dulzura característica y su vibrante color. Comparte similitudes en textura y proceso de maduración con el aguacate, y a menudo se le compara con otros zapotes como el negro o el chicozapote. Junto con frutas como la guanábana, la tuna, el nanche y la pitahaya, el mamey forma parte del mosaico de sabores tropicales que enriquecen la oferta frutícola del país, cada uno con un perfil sensorial distintivo que celebra la diversidad de los ecosistemas mexicanos.
Con información de Drix FM
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